La debilidad económica con la que arrancó 2026 es más que una cifra fría a la que llamamos Producto Interno Bruto (PIB). El crecimiento anual de apenas 0.2 % y la caída a tasa trimestral de -0.8 % en el primer trimestre confirman que la economía está estancada. Esto se traduce en un deterioro del nivel de vida de las personas, cuyo primer canal de transmisión es la escasa creación de empleo y la creciente precarización del que ya existe. Eso es lo que hemos observado en los primeros meses del año.

De acuerdo con cifras del Inegi, en el primer trimestre del año, el país perdió 227 155 personas ocupadas, una caída que no se veía para un inicio de año desde 2022. Detrás de ese dato hay un quiebre en la inercia reciente del mercado laboral, que venía mostrando cierta estabilidad, aunque fuera débil. Sin embargo, el problema no es sólo la pérdida de empleo. Es, sobre todo, el tipo de empleo que se está perdiendo y el tipo de ocupación que está creciendo ante la falta de oportunidades. Esa combinación de restas y sumas es la que define la calidad del mercado laboral, y en México, esa calidad se está deteriorando.
El avance de la informalidad
Las cifras oficiales no muestran que el mercado laboral mexicano se está precarizando. En los primeros tres meses de 2026, el empleo formal cayó 230 119 plazas. Es su peor desempeño para un periodo similar desde 2009, año de la crisis financiera mundial. Este dato por sí solo refleja un severo debilitamiento en la capacidad de la economía para ya no sólo generar, sino mantener empleos con seguridad social, estabilidad, mejores ingresos y que pagan impuestos.
En contraste, la ocupación informal apenas creció en 2 964 personas, por lo que no sólo no compensó la caída del empleo formal, sino que registró su creación más baja para un periodo comparable desde que hay registro. A pesar de ello, la tasa de informalidad laboral se ubicó en 54.8 % de la población ocupada, lo que significa que más de la mitad de los trabajadores en México opera fuera de la formalidad.
Este dato resume buena parte del problema. La informalidad no es un fenómeno nuevo; a lo largo de la historia ha funcionado como una válvula de escape para quienes no encuentran espacio en el empleo formal. Sin embargo, su persistencia en niveles tan elevados, incluso cuando el empleo formal retrocede, evidencia una estructura laboral que no logra generar oportunidades suficientes en condiciones productivas. Más aún, lo que empieza a observarse en el margen es que ni siquiera la informalidad está absorbiendo por completo el deterioro: la población económicamente activa se ha reducido en el corto plazo, lo que sugiere que una parte de las personas podría estar dejando de participar en el mercado laboral, ya sea formal o informal.
La composición del empleo confirma esta tendencia. En el primer trimestre del año, los trabajadores subordinados y remunerados, quienes dependen de una empresa o institución, disminuyeron en 397 535 personas. Al mismo tiempo, el número de empleadores también cayó en 397 502. En contraste, los trabajadores por cuenta propia aumentaron a 561 798 personas. No se trata de un ajuste menor. Este cambio implica que una parte importante de la población está dejando de insertarse en estructuras productivas más estables y se está moviendo hacia esquemas de autoempleo, muchas veces con menor estabilidad, menor productividad e incluso menores ingresos.
El deterioro también se observa en la distribución del ingreso laboral. En el acumulado de enero a marzo, el número de personas que perciben hasta un salario mínimo aumentó de 23.7 millones a 27.8 millones. Es decir, 4.17 millones de personas adicionales se concentran en los niveles más bajos de ingreso. Esto ocurre en un contexto en el que el salario mínimo ha aumentado en los últimos años —ubicándose en 315.04 pesos diarios en 2026—; sin embargo, para una parte importante de la población ocupada, los ingresos laborales no han crecido en la misma proporción, provocando que más trabajadores queden clasificados dentro del rango de hasta un salario mínimo, diluyendo el impacto real de los incrementos salariales frente al costo de vida.
Un mercado laboral débil
Lo ocurrido en marzo termina de confirmar la tendencia: la población ocupada cayó en 116 000 personas respecto a febrero, mientras que la población económicamente activa disminuyó en 222 256. Al mismo tiempo, el número de personas desocupadas alcanzó 1 493 774, esto elevó la tasa de desempleo a 2.8 %, su nivel más alto desde julio de 2023. Este deterioro no está concentrado en un solo sector. La pérdida de empleo ocurrió en las principales actividades económicas. En la industria manufacturera, el número de ocupados pasó de 9.78 millones a 9.39 millones en un mes. En la construcción, de 4.82 millones a 4.64 millones. En los servicios, sobre todo en los servicios sociales y el transporte, también se registraron caídas relevantes.
Cuando los principales motores de la economía pierden dinamismo al mismo tiempo, el impacto sobre el empleo se vuelve inevitable. No se trata de un problema focalizado en algún sector de la economía, sino del reflejo directo de una economía que registró contracción en el arranque del año. Los datos del Inegi lo confirman. En el primer trimestre de 2026, a tasa anual, las actividades agropecuarias o primarias registraron una ligera caída de -0.1 %, las secundarias —donde se concentra la industria— se contrajeron -1.1 %, mientras que el comercio y los servicios apenas lograron crecer 0.9 %. Pero el panorama es aún más débil cuando se observa la evolución trimestral: las actividades primarias retrocedieron -1.4 %, las secundarias -1.1 % y las terciarias -0.6 %. Es decir, no hay una sola de las tres grandes actividades económicas que esté registrando expansión.
Como consecuencia de lo anterior, las cifras del empleo formal que está registrado en el Seguro Social refuerzan esta lectura. En el primer trimestre de 2026 se generaron apenas 207 604 puestos de trabajo, lo que representa un ritmo de creación de empleo 8.4 %, más bajo respecto al mismo periodo del año anterior. En marzo, la creación de empleos registrados en el IMSS fue de apenas 32 930 plazas, por debajo de las registradas un año antes. En total, el empleo formal crece a una tasa anual de 1.2 %, insuficiente para absorber el crecimiento de la población económicamente activa.
Incluso a nivel regional, el dinamismo es limitado. En entidades como Guanajuato, el empleo formal creció apenas 0.19 % entre marzo de 2025 y marzo de 2026, lo que equivale a poco más de 2 000 empleos adicionales en un año. Pero no es un caso aislado. Estados como Jalisco registraron un crecimiento de apenas 0.33 %, Nuevo León 0.67 % y Querétaro 1.15 %, todos por debajo de lo que se requiere para sostener un mercado laboral dinámico. Incluso hay entidades donde el empleo formal ya muestra retrocesos, como Coahuila con una caída de -2.76 %, Tamaulipas -2.39 % y Sinaloa -1.87 %. Estos resultados son evidencia de la dificultad generalizada de las economías locales para generar empleo en un entorno de bajo crecimiento nacional. Con este nivel de crecimiento la generación de empleo formal enfrenta una barrera clara porque la economía no está expandiéndose lo suficiente para absorber a la población que se incorpora todos los días al mercado laboral.
La realidad cruda
El mercado laboral mexicano está enviando una señal clara y consistente con el mediocre desempeño de la economía. En el arranque de 2026, las condiciones del mercado laboral se han deteriorado, y en los datos más recientes se ven caídas a tasa mensual, tanto en la población ocupada como en la participación laboral. Al mismo tiempo, en la comparación anual, el crecimiento del empleo es insuficiente frente al incremento de la población económicamente activa, lo que se traduce en mayor desempleo e informalidad.
Pero más allá del número de puestos de trabajo, lo que resulta más preocupante es su composición. La pérdida de empleos formales, la caída en el número de empleadores y el aumento del trabajo por cuenta propia evidencian un cambio en la estructura del mercado laboral hacia esquemas de menor estabilidad y productividad. Este proceso se ve acompañado por una mayor concentración de trabajadores en los niveles de más bajos ingresos, lo que muestra el deterioro en la calidad del empleo.
Este comportamiento es producto de una economía que crece poco y que, en algunos de sus principales componentes se está contrayendo. La lógica dicta que sin un mayor dinamismo en la actividad productiva, sobre todo en la industria manufacturera y la construcción, la capacidad de generar empleo formal se mantendrá limitada, tanto a nivel nacional como regional.
En este contexto, el mercado laboral ha dejado de funcionar como círculo virtuoso para el crecimiento, y por el contrario, es un reflejo de las debilidades estructurales de México. La combinación de bajo crecimiento, insuficiente creación de empleo formal y aumento de la precarización laboral crean un escenario en el que no es difícil encontrar alguna ocupación, pero sí es cada vez más difícil encontrar un empleo con condiciones adecuadas para prosperar.
Alejandro Gómez Tamez
Economista, analista y conferencista. Director General de GAEAP y fundador de Economex Podcast. Especialista en economía mexicana, comercio exterior y geopolítica económica. En Economex publica análisis periódicos del entorno económico.