En México solemos evaluar la situación económica a partir de un dato que el Inegi nos informa cada quincena: la inflación general. Cuando la inflación se acelera hay preocupación por lo que implica para la capacidad de compra de las familias. Cuando baja, parece que las cosas mejoran porque el ingreso preserva mejor su poder adquisitivo. El problema es que en los meses recientes para millones de hogares lo que más está golpeando es el creciente costo de comprar lo más elemental para sobrevivir.

Mientras el Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC) reportó una inflación anual de 4.4 % en abril de 2026, los productos más esenciales para la vida cotidiana aumentaron mucho más rápido. De acuerdo con el Inegi, la canasta alimentaria —es decir, aquello mínimo indispensable para comer— subió 8.3 % anual, casi el doble de la inflación oficial. Esto significa que, aunque la cifra agregada parece estar “un poco” arriba del rango objetivo del Banco de México, y por lo tanto denota cierta estabilidad, para millones de personas el dinero cada vez alcanza menos. El país está entrando en una etapa muy delicada: el poder adquisitivo se sigue deteriorando en un entorno de bajo crecimiento económico, desaceleración del empleo formal y debilitamiento de los principales motores de la economía.
Más allá de discursos optimistas por parte de la Secretaría de Hacienda o de la aparente estabilidad que puede sugerir el promedio agregado de inflación, el verdadero bienestar económico se mide en algo mucho más sencillo: si las familias todavía pueden mantener su nivel de vida o si, por el contrario, cada mes se vuelve más difícil llenar el refrigerador, pagar el transporte y cubrir los gastos esenciales de la casa.
Cuando sobrevivir es muy caro
El problema se ve con mayor claridad cuando se aterriza a los gastos cotidianos de los hogares. Más allá del dato promedio de inflación, el deterioro aparece en cuánto dinero necesita una persona para comer o para no caer por debajo de la línea de pobreza por ingresos. Y es ahí donde las cifras comienzan a volverse mucho más preocupantes.
Los datos más recientes muestran con claridad el deterioro. En abril de 2026 una persona en una zona urbana necesitó 2598 pesos mensuales sólo para comprar la canasta alimentaria mínima; en zonas rurales el monto ascendió a 1966 pesos. Pero cuando se consideran además otros bienes indispensables como el transporte, higiene, vestido, servicios básicos y necesidades mínimas no alimentarias, vemos que la situación se vuelve aún más preocupante porque la cifra asciende a 4954 pesos mensuales en ciudades y 3572 pesos en zonas rurales para no caer por debajo de la línea de pobreza por ingresos.
Las cifras adquieren otra dimensión cuando se trasladan al nivel familiar. Como ejercicio ilustrativo, si se agregaran linealmente estos umbrales individuales, una familia urbana de cuatro integrantes necesitaría más de 10 396 pesos mensuales sólo para alimentarse y cerca de 19 817 pesos para no ser considerada pobre por ingresos; en zonas rurales el monto superaría los 14 290 pesos. Aunque en la práctica los hogares generan ciertas economías de escala en algunos gastos compartidos el ejercicio ayuda a dimensionar la presión en aumento sobre el ingreso familiar. La pregunta es: ¿cuántos hogares están logrando mantenerse por encima de estas cifras sin deteriorar su calidad de vida? O como me han estado preguntando en redes: ¿muchos de los hogares que habían logrado “escapar” de la pobreza ya regresaron a ella por el aumento de precios?
Además es importante decir que los aumentos no provienen de productos secundarios o prescindibles, es de aquello que las familias no pueden dejar de comprar. El jitomate aumentó 121.1 % anual; la papa, 49.3 %; el chile casi 60 %; mientras que los alimentos y bebidas consumidos fuera del hogar continúan encareciéndose. Incluso el transporte público registra aumentos cercanos al 7 %. Estos aumentos no ocurren por separado. Cuando al mismo tiempo se encarecen la comida, el transporte y otros gastos básicos del hogar, las familias de menores ingresos son las más golpeadas porque casi todo su dinero está comprometido en cubrir necesidades esenciales.
El problema es todavía más preocupante porque este tipo de inflación va mermando a la clase media. Poco a poco las familias comienzan a sustituir productos, reducir consumo, cancelar gastos no esenciales o posponer decisiones de compra importantes. Lo primero que desaparece suele ser el ahorro. Después vienen recortes en gastos de recreación, educación complementaria, salud preventiva o mejoras patrimoniales. El deterioro del poder adquisitivo afecta el bienestar presente y la movilidad social futura.
Una economía débil
Un incremento del costo de vida de más de 8 % sería preocupante incluso si estuviéramos viviendo en una economía fuerte. Lo que viene es doble porque México enfrenta esta presión inflacionaria en un contexto de clara debilidad económica. Durante el primer trimestre de 2026, el Producto Interno Bruto registró un crecimiento anual casi nulo de apenas 0.2 %, mientras que en términos trimestrales la economía cayó -0.8 %, una pérdida importante de dinamismo frente al cierre de 2025. La industria permanece bastante debilitada, las manufacturas continúan en declive y la construcción muestra caídas en su índice de volumen físico de actividad. Más preocupante resulta que la inversión fija bruta continúa a la baja, limitando las posibilidades futuras de crecimiento y generación de empleo formal.
La manufactura, uno de los principales motores del empleo formal y de las exportaciones mexicanas, cayó -1.8 % anual en el primer trimestre de 2026. La construcción continúa debilitándose y acumula una contracción de -0.3 %, mientras que la inversión fija bruta permanece en terreno negativo. Al mismo tiempo, el consumo privado comienza a mostrar señales de desgaste porque, aunque el consumo total creció 1.7 % anual en el primer bimestre del año, el comportamiento de sus componentes es cada vez más desigual. El consumo de bienes nacionales cayó -1.6 %, los servicios apenas avanzaron 0.3 %, mientras que las compras de bienes importados se dispararon 11.9 %. Es decir el consumo sostiene parcialmente la actividad económica pero está cada vez más enfocado en productos importados y menos de la producción nacional.
Parte de esta divergencia tmbién puede explicarse por la fortaleza cambiaria que ha mostrado el peso durante los últimos meses. Un tipo de cambio relativamente apreciado abarata los bienes importados frente a los nacionales e incentiva el consumo de productos del exterior en un momento en que la manufactura mexicana pierde dinamismo. El problema es que, aunque esto puede contener parcialmente algunas presiones inflacionarias, también termina debilitando la capacidad de crecimiento de sectores productivos nacionales.
En el mercado laboral las señales son desalentadoras. El empleo formal registrado ante el IMSS aumentó apenas 1.5 % anual en abril de 2026, un ritmo mucho menor al observado todavía hace unos meses. Aunque la tasa de desempleo abierto permanece relativamente baja, eso no se traduce en un mercado laboral sano. Parte importante de la explicación del bajo desempleo recae en la informalidad, que sigue siendo uno de los problemas estructurales que más persisten. Hoy el 54.8 % de la población ocupada trabaja en condiciones informales de baja productividad, ingresos limitados, poca estabilidad y sin acceso a seguridad social. Y aquí lo más grave: vivir cuesta más justo cuando generar ingresos se vuelve más difícil.
Y los riesgos hacia adelante no lucen bien porque los problemas geopolíticos continúan presionando los precios de los energéticos, al igual que de los costos logísticos. El conflicto de Irán y la incertidumbre por el bloqueo al Estrecho de Ormuz mantienen presionados los costos de combustibles, fertilizantes y transporte, elementos que seguirán impactando de manera directa la producción y distribución de alimentos. México seguramente enfrentará durante los próximos meses mayores presiones inflacionarias sobre todo en aquellos rubros más sensibles para los hogares.
Durante años buena parte de la discusión económica en México se concentró en hablar de crecimiento, exportaciones, estabilidad cambiaria o inflación general. Pero hoy el problema es mucho más elemental y al mismo tiempo más preocupante porque el costo de vivir está aumentando mucho más rápido que la capacidad de millones de personas para generar los ingresos necesarios. Cuando el costo de la canasta alimentaria aumenta casi al doble de la inflación y la línea de pobreza se eleva con rapidez, el deterioro del bienestar se convierte en una experiencia diaria. Porque los políticos pueden presumir muchas cosas en su discurso, pero si a las familias cada vez les cuesta más llenar el refrigerador, pagar el transporte o mantener su nivel de vida, quiere decir que hay serios problemas.
La carestía se agrava porque se da en un contexto de debilidad económica con baja creación de empleo, menores inversiones, manufacturas a la baja, empleo formal con poco crecimiento y con más de la mitad de la población ocupada laborando en la informalidad. El encarecimiento del costo de vida ocurre cuando el país tiene menos capacidad para generar mejores ingresos.
Y quizás aquí está la discusión económica más importante que deberíamos tener . Porque el auténtico bienestar económico no se mide únicamente en si el peso está fuerte, si las exportaciones baten récords o si la inflación general se mantiene controlada. El bienestar económico se mide en algo mucho más simple: si tu empleo te permite vivir mejor o si cada vez alcanza para menos. Hoy para millones de mexicanos hay una sensación de que el dinero alcanza para menos, la vida se encarece y las posibilidades de llegar bien a la siguiente quincena disminuyen. Y si el crecimiento económico no mejora cuando siguen subiendo aceleradamente los precios de lo más básico, corremos el riesgo de que aumente la pobreza y se siga desgastando la clase media.
México no puede enfrentar esta realidad con programas de transferencias o esperando que la inflación eventualmente baje por sí sola. El país necesita recuperar crecimiento económico, reactivar la inversión productiva y generar más empleo formal de calidad, porque ningún alivio temporal puede sustituir indefinidamente un ingreso que pierde capacidad de compra. Si el costo de vivir sigue aumentando mientras la economía permanece estancada, el deterioro del bienestar podría convertirse en uno de los principales problemas sociales y económicos de los próximos años.
Alejandro Gómez Tamez
Economista, analista y conferencista. Director General de GAEAP y fundador de Economex Podcast. Especialista en economía mexicana, comercio exterior y geopolítica económica. En Economex publica análisis periódicos del entorno económico.